Un poquito perdidos en Chingaza
Empezábamos así nuestro paseo del sábado, con huevos, chocolate, aguadepanela arepas y sin caldo porque ya se había terminado en el local donde decidimos comer. De allí seguimos hacia el norte buscando un lugar donde detenernos y bajarnos del carrito, pero en ese trayecto encontramos a pocos kilómetros la desviación que nos llevaba al Parque Natural Chingaza. Hace unos años el acceso a Chingaza estaba cerrado para extraños ya que ni con autorización era permitido su acceso, todo por la presencia de los frentes de las FARC en la zona. Hoy ya se puede ir y hacia allá nos dirigimos. En el camino encontramos un soldado sin uniforme que nos hizo señas para que le diéramos un aventón hasta donde se ubica su guarnición, dentro del parque y en la zona en la que el Acueducto de Bogotá administra uno de los embalses más grandes del país. Nos contó su admiración por el presidente Uribe y entendimos que al hablar él hablaban todas las fuerzas militares. Conocimos de primera mano la fascinación que causa entre las filas.
A la entrada del parque natural nos detuvimos porque no teníamos el permiso de ingresar el vehículo más allá del puesto de control. Pero eso no iba a detenernos y seguimos a pie en busca de las lagunas de Siecha mientras el soldado, de nombre Jaiver, esperaba que algún vehículo del acueducto lo llevara a él y a su carga 40 minutos en carro dentro del parque.
El contacto con la naturaleza fue íntimo: llegamos de barro casi hasta las orejas. No pensábamos que la aventura incluyera que nos perdiéramos un rato en el parque al salirnos del estrecho camino que habíamos tomado y nos internáramos entre los frailejones. Pero el cielo nos había bendecido con un clima aceptable, teniendo en cuento lo duro que puede llegar a ser en el páramo, y habíamos tenido la precaución de determinar hitos para el regreso. Entonces sabíamos hacia donde debíamos dirigirnos así estuviéramos atravesando la maraña y nos halláramos fuera del camino. Fueron solo tres horas de camino, no llegamos a las lagunas de Siecha, solo vimos otras desde lo lejos pero entendiendo que habíamos entrado al parque tarde tuvimos el único atisbo de sensatez del día y nos devolvimos antes de seguir buscando a ciegas las hermosas lagunas que algún día yo había conocido pero llegando por otro camino. Durante el trayecto por un instante nos acompañaron los dos únicos cóndores que permanecen en el parque, de los del programa de repoblamiento que se desarrolló con el zoológico de San Diego. Majestuosos nos observaron un rato tal vez como unos bichos extrañamente grandes y siguieron su vuelo casi sin aletear.

El parque es hermoso, puede ser muy frío (andábamos como a 3600 metros sobre el nivel del mar) e invita a volver con todos los permisos que permitan ingresar al centro de esas 75mil hectáreas de naturaleza. A la vuelta, con la ropa embarrada, tuvimos que quitarnos zapatos y medias empapados y manejé descalzo, una sensación extraña pero muy cómoda. Almorzamos a eso de las 5 frente al embalse de San Rafael, en un restaurante donde entramos descalzos y embarrados a comer carne asada muy sabroso y viendo caer la tarde en los cerros, detrás de los cuales se encontraba Bogotá y una ducha de agua caliente que nos reconfortara.






Los que lograron enterarse y tenían disponibilidad de tiempo estuvieron en la mañana del jueves en la entrega de las latas de pintura y los aerosoles con los que apoyó la Alcaldía y en la distribución de los muros. Los que llegaron después tuvieron que escoger los sobrantes que tenían imperfecciones como columnas o vigas y adapatar su diseño a la realidad de la superficie. Otros que se enteraron tarde o vieron a la gente pintar la pared cuando, como yo, pasaban por la 30, se acercaron a preguntar si todavía se podían inscribir. Hasta ayer Domingo por la tarde había gente pintando, alguno hasta ahora empezando. No se si estaban fuera de concurso o eran parte de los invitados que no participaban en él. O fueron de los que se enteraron tarde.
El concurso se dividía en dos categorías: Graffitti e Intervención. Según entendí, grosso modo, la diferencia es que el graffitti es a punta de aerosol aunque no sea necesariamente el dibujo de letras. Los demás, stenciles, vinilo, pincel, etc. son la intervención. Algo más de detalle en
de poesía (aunque nada como el de Medellín) y tantas cosas más. Por eso me alegró que se permitiera la expresión a los jóvenes que lo pudieron hacer, de todos los estratos, unos que trabajan, otros que estudian dos carreras, unos con ropa de marca, otros muy juiciosos con bata blanca y otros con la ropa que debían llevar para ir a sus humildes trabajos en la tarde. A todos ellos les agradezco que cada día me refuercen la esperanza porque podemos llegar a una convivencia bien chévere en mi ciudad y mi país. Tenemos mucho para aprender aún. 


