Impunidad nuclear
Ciudad de Goiania, Brasil, septiembre de 1987: dos juntapapeles encuentran un tubo de metal tirado en un terreno baldío, lo rompen a martillazos, descubren una piedra de luz que azulea el aire y da fulgor a todo lo que toca.
Los juntapapeles parten esa piedra o bicho de luz y regalan los pedacitos a sus vecinos. Quien se frota la piel brilla en la noche. Todo el barrio es una lámpara. El pobrerío, súbitamente rico de luz, está en fiesta.
Al día siguiente, los juntapapeles vomitan. Han comido mango con coco: ha de ser por eso. Pero todo el barrio vomita, y todos se hinchan, y un fuego de adentro les quema el cuerpo. La luz devora y mutila y mata; y se disemina llevada por el viento y la lluvia y las moscas y los pájaros.
Fue la mayor catástrofe nuclear de la historia, después de Chernobyl. Muchos murieron, quién sabe cuántos; muchos más quedaron por siempre jodidos. En aquel barrio de los suburbios de Goiania nadie sabía qué significa la palabra radioactividad y nadie había oído jamás hablar del cesio-137.
Ninguno de los responsables fue preso. La clínica que dejó tirado el tubo de cesio sigue funcionando normalmente. América latina es tierra de impunidades.
Es Eduardo Galeano quien nos cuenta esta historia verídica. Ocurrió aquí no más, en Brasil, en la ciudad de Goiania.
Rubén Blades la narra en su canción "El Cilindro". Esta canción fue publicada en el álbum ‘Amor y Control’ de 1992. Años después, cuando encontré la historia de Galeano, supe que lo que contaba Blades había sido verdad. Hace poco, oyendo de nuevo la canción, recordé la historia y quise publicarla. La canción a continuación y la letra aquí.
Escuche la canción (4 minutos 30 segundos, debe iniciar automáticamente)
A propósito del Palacio de Justicia, Jorge 40, Ley de Justicia y Paz y otras impunidades.
